del chiste al hecho



Acaso ninguna sensación puede suscitar un mayor malestar en la filosofía como la manifestación de su impotencia. En particular, si un elemento de aquella experiencia es su dificultad de regirse por las estructuras conceptuales previas. En tal caso, pareciese necesitar de la sospecha incluso ante su propia palabra como filósofo.

La restauración de aquella ocupación parece ser suplantada por una comicidad que impide tanto la antigua seriedad del asunto como que tal risa se desplegase alegremente, pues la carcajada filosofica o implicando la filosofia, concluyente contra la totalidad de la experiencia incluyendo la del reír, sólo puede surgir ante una desolación que impide cualquier posible alegría y pensamiento.

Esta tensa relación entre lo cómico y lo filosófico se esboza en la poética aristotélica. Allí se dice que la historia de la temprana comedia resulta desconocida, pues en sus inicios nadie la había tomado en serio (Aristóteles, 1449b). Su propia naturaleza, así, le impide ser concebida bajo otro predicado que el de lo visible
como si la supuesta pérdida de la sección sobre tal género, en tal texto, no fuese sino la exposición misma de aquella parte.

Mediante esta sutil ironía, se reserva la historia de los orígenes a lo serio, quedando la comedia subordinada al campo de lo fugaz o anecdótico. En contraposición a la tragedia, más filosófica que la historia (Aristóteles, 1451b) e imposibilitada de caer en tan burdo olvido, la comedia ni siquiera alcanza el estatuto de seriedad que permite su inscripción histórica. Así, cualquier posible origen positivo que combinase ambas formas queda vedado, reforzando así su absoluta separación en torno a su valor, la comedia establece una incomunicable jerarquía entre lo alto y lo bajo. 
 
Ahora bien, podríamos pensar la herencia de tal distinción en la persistente atribución de falta de seriedad como sinónimo de un mal trabajo filosófico, ya sea por la ausencia de rigor en quien indaga o por la propia naturaleza del objeto investigado. Aquel rechazo se traspasa incluso a aquellos registros que buscasen retomar la aspiración filosófica de fundar el saber en torno a otros saberes posibles. No resulta casual, por ello, que la propia historia de la filosofía otorgue mucho mayor espacio a pensar la tragedia que la comedia y, correlativamente, a lo patético que a lo cómico.

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